“Desde la infancia nunca he sabido lo que es sentir una tranquilidad completa. Nací el 7 de diciembre de 1937, fui la primera de nueve hijos que tuvo mi mamá. Con mi papá tuvo cinco hijos, pero a él lo mataron en la época de la violencia. Nos sacaron los conservadores, nos quitaron la finca, la casa, todo. Eso fue horrible. La nuestra era una vida sosegada hasta que la violencia llegó.
Mis papás tenían una finca en el corregimiento de Ceilán y una casita en Bugalagrande, como a 15 minutos. Toda la vida hemos sido gente humilde. En la finca se sembraba café y caña, y mi mamá vendía lo que la finca producía. A muy temprana edad empecé a coser y trabajaba en un granel sábados y domingos para aportar en la casa. Me tocó ayudar a criar a todos mis hermanos.
Después de hacer unos dos años de bachillerato fui a Tuluá, estudié modistería por un año y me volví a la finca. Mis padres y la abuela eran muy católicos. Cada sábado iba a las reuniones de la Asociación de Hijas de María. No fui así muy coqueta, tenía pretendientes, normal, como la gente joven. Pero llegó la violencia. Esa fue una época dura, muy difícil. Es mejor no recordarla porque uno ha sufrido demasiado.
A Guillermo lo conocí en Ceilán, él tenía una compra de café y era unos 10 años mayor que yo. En esa época uno admiraba a una persona por su forma de ser, que fuera honesto, trabajador, decente. Él era amigo de la casa, me cortejó y pues resultamos enamorados. Nos casamos el 10 de octubre de 1962 en la iglesia del Perpetuo Socorro en Cali y nos fuimos a vivir a Pradera, donde él tenía una compraventa.
Estuvimos 20 meses juntos, ni los dos años me duró el matrimonio. En la casa hubo atraco y asesinato. Como Guillermo era comerciante se metieron a la casa a robar y le dispararon. Piense cómo sería verlo a él ahí, muerto instantáneamente. Yo quedé herida en el brazo izquierdo: la bala entró, me fracturó la clavícula y la esquirla la sacaron por la espalda. Me mudé de ahí esa misma semana. Todo eso fue muy doloroso.
Para esa época no teníamos aún casa propia, apenas nos estábamos organizando. Así que me quedé sin dónde vivir, con un hijo en los brazos y las manos pa trabajar. Y con eso alcancé a sacar un hijo profesional. No me volví a casar porque me daba miedo de que de pronto me trataran mal. Es que Guillermo fue muy buen esposo: si me dolía una uña a él le dolía todo el cuerpo.
Seguí con el negocio de la compraventa y con la costura. Con eso pude sobrevivir. Cuando mi hijo ve los diplomas que tiene en su oficina dice que éstos tienen muchos trasnochos y muchas puntadas. Él era muy inquieto, muy indisciplinado, pero muy buen estudiante. Siempre ocupó el primer lugar en el colegio Francisco Antonio Zea. Era tan bueno, que aunque era colegio oficial lo exoneraron de matrícula y de pensión.
Pequeñito le dio por ser investigador. Si tenía un juguete lo tiraba al suelo y lo abría para ver qué era lo que le sonaba. Era muy preguntón, de todo quería saber el porqué. Se trepaba a los árboles, a los muros. Un día iba pasando uno de esos frailes cañeros y le dio por sacar una caña, se aporreó y cayó sobre el sardinel: como al mes se le hinchó la rodilla y terminó dos semanas hospitalizado.
Sigifredo siempre ha sido supremamente buen hijo. Cogía escoba, trapeador y me ayudaba a hacer aseo. Como yo permanecía cosiendo, al llegar del colegio si había alguien esperando él le preparaba un jugo a la persona y uno a mí. Yo quería que él estudiara medicina, pero él me dijo ‘yo no sirvo para verle gestos de dolor a nadie. Yo estudio derecho’. A los 19 años ya era concejal de Pradera.
Durante el secuestro el sufrimiento fue mucho. Me dio amnesia temporal, me hicieron resonancia y escanografía, y no marcó nada, todo era exceso de estrés, me dijeron los médicos. A los tres años de llorar día y noche se me cayeron los párpados, quedaron unas pestañas dentro, tuvieron que hacerme cirugía de urgencia. Vértigo me da muy seguido por estrés, me siento mareada y no me sostengo.
Soñaba con él siempre, soñaba que había llegado. Una vez soñé que había llegado en un campero, tenía la ropa anchota de lo flaco que estaba, se bajó, me dio un beso y un abrazo, ‘mamá, vine a saludarte, pero me tengo que volver’. Se fue y desperté. Dicen que telepáticamente uno se comunica con la gente que quiere. Él decía que cuando dormía me veía y cuando estaba muy triste también me veía.
Cuando lo liberaron y estábamos en el aeropuerto esperándolo, puedo asegurar que fui la última persona que se acercó a él. Cuando vi que se bajó del helicóptero no corrí, cerré los ojos y me quedé agradeciéndole al Señor porque ya era libre. Después de que él vino quedé muy nerviosa. Hace un año y medio me dieron tres infartos, dijeron los cardiólogos que era de sufrimiento acumulado.
Pero eso de ahora fue más horrible. En el secuestro pues uno sabía que eran grupos armados, guerrilleros, que de esa gente nada bueno se puede esperar; pero ahora ver que era la misma Fiscalía… A los niños una vez hasta les gritaron en la calle ‘¡vea, esos son los hijos del guerrillero!’. Usted sabe que la honra y la dignidad de una persona ni se compran ni se venden. Y uno recibir tantas humillaciones, ya con la edad que tengo...
Mire a ese señor Felipe Zuleta: uno con más de 70 años y él tratándolo mal a uno, diciendo que dizque yo no iba a las marchas porque Sigifredo me visitaba. ¡Ja! Cuánto no hubiera dado por una visita de él. Yo siempre pagaba misas en Cali y en Pradera, y una vez el cura de Pradera me salió con que no podía poner el pendón de él que porque era político. ¿Y es que los políticos no son seres humanos?
Los familiares de los diputados estuvieron muy pendientes siempre. Fabiola Perdomo ha venido muchas veces. Esa es la tristeza que a uno le da. Porque vea a gente como Simón Gaviria, lo que hizo apenas capturaron a Sigifredo: suspenderlo. Y ayer sí llamó unas 10 veces. Hemos tenido, eso sí, muy buenos vecinos. Cada noche en la casa había por ahí unas 30 personas orando con nosotros.
Cuando a mi hijo lo arrestaron, él mismo me llamó y me dijo: ‘Mamá, tú has sido muy fuerte, pero te voy a decir algo muy duro. Te cuento que estoy preso, me acusan del secuestro y de la muerte de todos mis compañeros. Pero de esta vamos a salir porque tú sabes que soy inocente y los principios que me diste, esos nunca los olvido’. En Bogotá estuvo 36 días en un calabozo, tratado como el peor delincuente, incomunicado.
Él ha sido una persona muy honesta y trabajó muy duro en su defensa, tan duro como cuando era joven y se paraba a las 4:30 de la mañana para coger tres buses y poder ir a Cali a estudiar derecho, luego irse a trabajar y llegar a la casa a las 10 de la noche. Es que yo digo que Dios en ningún momento me ha desamparado. Donde hay fe hay paz, donde hay paz está Dios y donde está Dios no falta nada. Estuve muy grave, sí, pero aquí estoy reviviendo”.
* Adaptación de la entrevista con doña Nelly Tobón de López.
Críticas al por mayor a la Fiscalía
Una lluvia de críticas le cayó esta semana al fiscal Eduardo Montealegre por cuenta del caso de Sigifredo López. El miércoles el jefe del ente acusador anunció la libertad inmediata del exdiputado, procesado por los delitos de rebelión, homicidio, toma de rehenes y perfidia. El proceso, sin embargo, aún no ha concluido. Montealegre dijo que tras verificar el expediente se constató que no había sustento alguno en las declaraciones de cuatro testigos y por eso ordenó investigarlos por falso testimonio. Apenas trascendió la noticia empezó la ola de reproches en contra de la Fiscalía y desde ya se anticipa que el Estado será condenado a pagar una millonaria indemnización por este yerro judicial. Algunas voces, incluso, pidieron la renuncia de Montealegre.
Un proceso kafkiano, a la colombiana
El 16 de mayo pasado Colombia se estremeció con la noticia de la detención de Sigifredo López, el único de los 12 diputados secuestrados por las Farc que sobrevivió el cautiverio. Desde ese momento López se defendió con las uñas, reiteró una y otra vez su inocencia, advirtió que era absurdo que lo acusaran de haber facilitado el plagio de sus colegas, en abril de 2002, y mucho menos que pudiera existir prueba alguna que lo incriminara.
La Fiscalía contaba con un video hallado en el computador del abatido jefe guerrillero Alfonso Cano en el que aparecía un hombre con un plano de la Asamblea del Valle y en el que por un momento se ve de perfil la figura del sujeto. Pruebas morfológicas y acústicas iniciales relacionaron a López con el hombre del video. Luego aparecieron testimonios de tres exguerrilleros.
Al final se vino al piso y todo parece indicar que en las próximas semanas se archivará el proceso contra López.
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