sábado, 4 de agosto de 2012

Dos expertos explican las razones de la creciente violencia juvenil


Una antropóloga y un psiquiatra explican los pormenores de los comportamientos de los jóvenes.

Un estudiante es culpado de matar a su novia de 19 años, en Medellín, porque pensaba dejarlo. Un grupo de muchachos lanzan a otro por el hueco de un ascensor y lo dejan en coma. Un estudiante de los Andes murió al caer de un séptimo piso en grado extremo de embriaguez. Son solo unos de los casos más recientes en los que violencia y juventud se suman. Dos expertos en el tema, la antropóloga Miriam Jimeno y el psiquiatra Alfonso Rodríguez, analizan las razones.

MYRIAM JIMENO
: En la historia reciente ha existido una asociación entre jóvenes y violencia, tanto en el lugar de víctimas como de victimarios. No es extraño que Colombia entre en ese patrón. Si uno mira las estadísticas de Medicina Legal sobre muertes violentas, aparecen de lejos los hombres de 18 a 34 años. Eso tiene que ver con una manera cultural de asociar la juventud y el uso de la fuerza.

ALFONSO RODRÍGUEZ: En estas expresiones de violencia en la juventud hay factores hormonales y psicológicos, como la búsqueda de identidad. Pero también hay condiciones en las que todos estamos comprometidos y que las facilitan. El reemplazo de la palabra por la acción física, por ejemplo, o la acción psicológica de excluir al otro. No se trata de echarles la culpa a padres o medios de comunicación. Pero sí estamos creando condiciones propicias para que eso se dé.

MJ: Esto apunta también a un señalamiento de la sociedad. Se da por supuesto que el joven es peligroso, antes de que pase nada. La cultura exalta la juventud como heroica, valiente, fuerte, bella, pero también como potencialmente dañina para la sociedad.

AR: Y se le piden cosas contradictorias. El joven es un niño que no llega a ser adulto, y un adulto que aún no está preparado para tomar decisiones. La idea contemporánea de joven es "vivir bien", que debe "pasarla bien". Esto genera búsquedas diversas, pacíficas o violentas.

MJ: La sociedad hoy ejerce presiones muy grandes sobre los jóvenes. Se espera de ellos una alta productividad. Es una sociedad competitiva que no acepta jóvenes con dificultades. Por eso también son los que más se suicidan. Es un indicador de malestar.

AR: Porque hay una promesa no cumplida, incluso mentirosa, hecha por la sociedad actual, que es el famoso proyecto de vida.
Se les pide desde niños que tengan claro para dónde van, y se descuida lo más importante: la trayectoria; es decir, que hagan conciencia de las formas en que pueden estar con otros, convivir. 
El joven está anclado al futuro, que es incierto. Se le está generando la idea de ser hijo de una libertad mal entendida, individualista y egoísta, que lleva a grados de frustración elevadísimos, a creer que el sujeto exitoso es el que siempre gana. Esto provoca actos violentos para salirse con la suya.

MJ: Y las condiciones de triunfo o no, no dependen solo de uno, sino del entorno. El descontento juvenil no es un azar ni un capricho. Es un desencanto con las condiciones políticas, también. Les dicen que la democracia es la mejor manera de estar en sociedad, y para ellos eso significa no tener acceso a un cupo de universidad, o a un buen trabajo.

AR: En efecto, el joven dice: "Se me pide un montón de cosas, pero no se me reconoce en lo que soy. Qué será lo que quieren de mí". Tener padres que oigan y reconozcan al otro son factores de protección para el joven. En eso hay que trabajar, pero no cuando el hijo sea joven, que ya es tardío, sino desde la construcción de las parejas. Es primordial enseñarlos a cuidar y cuidarse, a que sepan que tienen la posibilidad de decir NO, algo que no todos los padres permiten. El "aquí se va a hacer lo que yo diga" que oyen en la casa después la van a usar afuera. Cuando tengan cierto poder sobre el otro, lo tiran a un hueco.

MJ: Estamos viendo una ola de malestar juvenil que se expresa de maneras distintas, disconformes o delincuenciales. Esto no es una excepción. Mi generación también vivió una ola fuerte que recorrió el mundo, con el movimiento hippie. Ahora los jóvenes tienen otras expresiones y otro contexto. Están las redes sociales, medios tecnológicos nuevos que ofrecen alternativas de relación. Al contrario de muchos, yo no creo que estos medios marquen un aumento en la violencia. El matoneo siempre ha existido, solo que ahora tiene un medio terriblemente más eficaz. El mensajero no es el responsable.

AR: Son formas nuevas de relacionarse. Pero hay que considerar otro factor adverso: la 'teatralización' de la vida. Se está favoreciendo la imagen sobre lo que hay detrás. Con frecuencia, esto hace que se les vaya la mano en expresiones afectivas. No solo hablo de que un gesto suicida termine en un suicidio consumado, sino en agresiones a compañeros.

MJ:
 Y están también los que matan a sus parejas. Ahí aparecen elementos culturales que no hacen parte de la cultura juvenil, sino de un fenómeno más grande, de cómo se conciben la pareja y el papel de la mujer, de cómo se ve la masculinidad. "No se deje", "sea macho", son frases que todavía se repiten. Ahora, como la edad juvenil es en la que se forman las parejas, pues están viéndose casos también entre ellos.

AR: Si a mí desde niño me educan en que "esto es lo mío", "le pego a mi hijo porque es lo mío", pues estoy creando lenguajes y formas de ver al otro como si fuera parte de lo mío. Sin respeto por su ser. Son cosas que van surgiendo desde la crianza.

MJ: El ambiente cultural de hoy premia lo rápido y lo fácil. Los padres están en la dificultad de distinguir qué es una buena educación sin usar la violencia. Esto hace que no sepan poner límites, no sepan enseñarles a sus hijos a aceptar las pérdidas, las frustraciones. Hay un medio que tiende a premiar excesiva y rápidamente el deseo de un niño y no fomenta la idea de que la vida está llena de dificultades a las que hay que sobreponerse. Es un ambiente cultural permisivo que trae dificultades para el joven.

AR: Estamos criando hijos con menos tolerancia a frustrarse, exactamente. No solo por el exceso de premios, sino porque es una sociedad que busca estar bien a toda costa, que ve con malos ojos a quien expresa dolor o busca ayuda. Ahora, ¿qué pasa cuando se obra mal? ¡No solo no hay castigo, sino que no pasa nada! Es una sociedad en la que el ejercicio legítimo de la autoridad se está disminuyendo, no se cree en ella, no se confía.

MJ: Estamos en un momento de desconcierto de las figuras de autoridad. De cómo ejercer autoridad sin violencia, en un momento en que el discurso es el de los derechos. Eso es un reto muy grande y todavía no tenemos claro el camino. Cómo es posible decirle no a un hijo, sin cachetadas, sino con razonamiento. Los padres están desconcertados y atemorizados ante el ejercicio de su autoridad. El ambiente de violencia que vivimos en el país repercute, pero no de manera directa. Lo hace de forma indirecta, precisamente en cuanto a la fragilidad del concepto de autoridad. No creo en esa ligazón mecánica de confrontación interna con mayor violencia en la vida cotidiana.

AR: Hay factores que se dan en Colombia que influyen, sin duda. Me refiero a la deslegitimación del poder. Esto hace que estemos viviendo en una sociedad de descreídos. La corrupción y el uso ilegítimo del poder generan más violencia que ver una película de mafiosos. Dentro de las familias se da lo mismo: en la medida en que en Colombia crezcan niños de padres asesinados, por ejemplo, se crean condiciones propicias no solo para que haya enfermedades mentales, sino para situaciones donde los conflictos se resuelvan con violencia. Por eso es importante prestar atención al buen ejemplo. Y reitero, a la crianza de los primeros cinco años, que es cuando se favorece mucho la capacidad de amar.

MJ: No podemos dejar afuera el uso de las drogas, incluido ahí el alcohol.Por supuesto, toda sustancia desinhibidora del autocontrol ayuda a que aparezcan culturas de violencia; provocan una pérdida de sentido del peligro, de que la acción que hago tiene consecuencias peligrosas para mí o para otros. Sin embargo, no son la causa. La pregunta, más bien, es por qué el joven está consumiendo. Es una búsqueda que revela angustia y malestar. Revela una carencia en el entorno.

AR: Las sustancias desinhiben los controles que se hacen en la corteza cerebral, sobre todo la frontal. Pero también son intermediarios que los jóvenes buscan para relacionarse adecuadamente. Esto da cuenta de cómo están insuficientemente desarrollados en los lazos con el otro. La necesidad de usar algo que le permita entrar en contacto con el mundo indica la precariedad en su construcción como sujeto. Por eso es un error buscar desesperadamente que los jóvenes sean "seguros". Necesitamos, mejor, que aprendan a tomar decisiones bajo contingencias. El éxito del desarrollo humano está en eso: tomar decisiones en contexto. Estamos fomentando solo simpatía en ellos (haga lo que los demás, no diga que no, corra riesgos), pero también hay que prepararlos para lo contrario. Así es como tendrán control de sí mismos.

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