Sala Laboral de la Corte Suprema falló contra ciudadano que reclama su pensión a Embajada de EE. UU.
Jorge Eliécer Santana Linares, quien fue durante 44 años el mayordomo oficial de la residencia de los diplomáticos estadounidenses en Bogotá considera que los miembros de la Sala Laboral de la Corte Suprema cometieron prevaricato.
El fallo fue emitido hace un año y la Corte concluyó que el demandante, no logró probar que había trabajado para la Embajada del país del norte en Colombia. Según la sentencia, su labor la prestó en forma particular a los diplomáticos.
"Formulo denuncia criminal por el posible delito de prevaricato por acción en contra de los señores: Luis Javier Osorio, Elsy del Pilar Cuello Calderón, Gustavo José Gnecco Mendoza, Eduardo López Villegas, Francisco Javier Ricaurte y Camilo Tarquino, todos Magistrados de la Sala Laboral de la Corte Suprema de Justicia. Ellos pudieron haber incurrido en esa conducta al producir un fallo contrario a las leyes de Colombia e Internacionales sobre la materia", dice Jorge Eliecer en su denuncia.
Desde 1989, cuando se retiró de la Embajada, ha luchado para que el gobierno estadounidense reconozca su pensión y califica de inexplicable la decisión de la Corte. Durante muchos años portó un carné que lo acreditaba como funcionario de la embajada, su sueldo era liquidado mensualmente desde las oficinas de la representación diplomática y 18 jefes de esa embajada para los que prestó sus servicios certificaron su trabajo.
A pesar de las pruebas la Corte insistió en que: "El señor Santana Linares prestó sus servicios como mayordomo de manera particular, pues fueron los embajadores quienes lo contrataron de manera autónoma e independiente, y así le pagaron su salario (...). No existió una subordinación jurídica exclusiva con el Estado representado por el embajador en Colombia".
Santana también llevó su caso a la justicia internacional y presentó su demanda ante la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Se vinculó a la embajada en 1945. Ocho años antes había partido de Vianí (Cundinamarca), el pueblo donde nació, a buscar fortuna en Bogotá. Su primer empleo fue en un almacén de víveres que quedaba en el barrio Ricaurte de la capital pero la tienda cerró.
Entonces aceptó el consejo de un primo y se presentó en la Embajada de los Estados Unidos para aspirar al cargo de mayordomo. La entrevista la tuvo con el embajador John C. Wiley quien lo contrató de inmediato con un sueldo de 700 pesos. Santana recuerda que al principio era el propio diplomático quien pagaba su salario pero después el dinero lo empezó a reclamar en las oficinas de la embajada.
A su retiro ganaba 51 mil pesos y como compensación de su trabajo por cuatro décadas, la embajada le dio un cheque por 3'500.000 pesos.
Organizaba recepciones
Como mayordomo tuvo a su cargo cuatro empleadas del servicio, una cocinera y 15 guardias que prestaban seguridad en la residencia. Con ellos cumplía su principal actividad: organizar las frecuentes recepciones que brindaban los embajadores a diferentes personalidades.
La primera fiesta bajo su cargo la ofreció el embajador Wiley en honor del ex presidente Alberto Lleras Camargo. Durante todo su tiempo de servicio hizo más de 40 celebraciones del 4 de julio a la que llegaron a asistir hasta 600 invitados.
Cada vez que llegaba un nuevo jefe diplomático, un funcionario de la delegación lo presentaba como empleado de la embajada, aseguró Santana. "Nosotros sólo esperábamos en la entrada de la residencia para darle la bienvenida al nuevo huésped", agregó.
También organizó recepciones para personajes como el presidente John F. Kennedy y su esposa Jackie, en 1962; el astronauta Neil Amstrong, en 1970; y el presidente George Bush padre, en 1982, quien quedó tan complacido con su trabajo que le dejó un reconocimiento firmado de su puño y letra.
Con el embajador Coy A. Oliver tuvo que corretear inusuales mascotas por los salones de la mansión como un burro, que compró el diplomático en Funza, después de un paseo por esa población cundinamarquesa. Al diplomático le gustaban los animales y tenía un minizoológico en la residencia, aseguró Santana.
Pero su labor no sólo se suscribió a la residencia. El nueve de abril de 1948 tuvo que salir con el servicio secreto a buscar al embajador Willard Baulae, quien resolvió llegar a la residencia a pie recorriendo solo las calles devastadas de la ciudad en pleno bogotazo.
Y 32 años después se las ingenió para atender al embajador Diego Ascencio durante los dos meses que estuvo como rehén del M-19, en la toma de la Embajada Dominicana, ocurrida en febrero de 1980. En los dos meses que estuvo cautivo, Santana le llevó la muda diaria al diplomático y, en varias ocasiones, tamal, su plato favorito.
Las embajadas demandadas
Cinco representaciones diplomáticas en Colombia han estado en estrados judiciales por demandas laborales. Aparte de las de Estados Unidos, las representaciones de República Dominicana, la Organización Internacional por las Migraciones (OIM) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) han sido emplazados por la Corte.
La Sala Laboral cambió su jurisprudencia de 40 años y ahora advierte que la inmunidad diplomática -el estatus que evita que los representantes extranjeros acreditados en un país sean procesados- no aplica en casos laborales. Ya hubo una condena, la Embajada del Líbano perdió una demanda entablada por una secretaria despedida después de 23 años de labores.
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"Formulo denuncia criminal por el posible delito de prevaricato por acción en contra de los señores: Luis Javier Osorio, Elsy del Pilar Cuello Calderón, Gustavo José Gnecco Mendoza, Eduardo López Villegas, Francisco Javier Ricaurte y Camilo Tarquino, todos Magistrados de la Sala Laboral de la Corte Suprema de Justicia. Ellos pudieron haber incurrido en esa conducta al producir un fallo contrario a las leyes de Colombia e Internacionales sobre la materia", dice Jorge Eliecer en su denuncia.
Desde 1989, cuando se retiró de la Embajada, ha luchado para que el gobierno estadounidense reconozca su pensión y califica de inexplicable la decisión de la Corte. Durante muchos años portó un carné que lo acreditaba como funcionario de la embajada, su sueldo era liquidado mensualmente desde las oficinas de la representación diplomática y 18 jefes de esa embajada para los que prestó sus servicios certificaron su trabajo.
A pesar de las pruebas la Corte insistió en que: "El señor Santana Linares prestó sus servicios como mayordomo de manera particular, pues fueron los embajadores quienes lo contrataron de manera autónoma e independiente, y así le pagaron su salario (...). No existió una subordinación jurídica exclusiva con el Estado representado por el embajador en Colombia".
Santana también llevó su caso a la justicia internacional y presentó su demanda ante la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Se vinculó a la embajada en 1945. Ocho años antes había partido de Vianí (Cundinamarca), el pueblo donde nació, a buscar fortuna en Bogotá. Su primer empleo fue en un almacén de víveres que quedaba en el barrio Ricaurte de la capital pero la tienda cerró.
Entonces aceptó el consejo de un primo y se presentó en la Embajada de los Estados Unidos para aspirar al cargo de mayordomo. La entrevista la tuvo con el embajador John C. Wiley quien lo contrató de inmediato con un sueldo de 700 pesos. Santana recuerda que al principio era el propio diplomático quien pagaba su salario pero después el dinero lo empezó a reclamar en las oficinas de la embajada.
A su retiro ganaba 51 mil pesos y como compensación de su trabajo por cuatro décadas, la embajada le dio un cheque por 3'500.000 pesos.
Organizaba recepciones
Como mayordomo tuvo a su cargo cuatro empleadas del servicio, una cocinera y 15 guardias que prestaban seguridad en la residencia. Con ellos cumplía su principal actividad: organizar las frecuentes recepciones que brindaban los embajadores a diferentes personalidades.
La primera fiesta bajo su cargo la ofreció el embajador Wiley en honor del ex presidente Alberto Lleras Camargo. Durante todo su tiempo de servicio hizo más de 40 celebraciones del 4 de julio a la que llegaron a asistir hasta 600 invitados.
Cada vez que llegaba un nuevo jefe diplomático, un funcionario de la delegación lo presentaba como empleado de la embajada, aseguró Santana. "Nosotros sólo esperábamos en la entrada de la residencia para darle la bienvenida al nuevo huésped", agregó.
También organizó recepciones para personajes como el presidente John F. Kennedy y su esposa Jackie, en 1962; el astronauta Neil Amstrong, en 1970; y el presidente George Bush padre, en 1982, quien quedó tan complacido con su trabajo que le dejó un reconocimiento firmado de su puño y letra.
Con el embajador Coy A. Oliver tuvo que corretear inusuales mascotas por los salones de la mansión como un burro, que compró el diplomático en Funza, después de un paseo por esa población cundinamarquesa. Al diplomático le gustaban los animales y tenía un minizoológico en la residencia, aseguró Santana.
Pero su labor no sólo se suscribió a la residencia. El nueve de abril de 1948 tuvo que salir con el servicio secreto a buscar al embajador Willard Baulae, quien resolvió llegar a la residencia a pie recorriendo solo las calles devastadas de la ciudad en pleno bogotazo.
Y 32 años después se las ingenió para atender al embajador Diego Ascencio durante los dos meses que estuvo como rehén del M-19, en la toma de la Embajada Dominicana, ocurrida en febrero de 1980. En los dos meses que estuvo cautivo, Santana le llevó la muda diaria al diplomático y, en varias ocasiones, tamal, su plato favorito.
Las embajadas demandadas
Cinco representaciones diplomáticas en Colombia han estado en estrados judiciales por demandas laborales. Aparte de las de Estados Unidos, las representaciones de República Dominicana, la Organización Internacional por las Migraciones (OIM) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) han sido emplazados por la Corte.
La Sala Laboral cambió su jurisprudencia de 40 años y ahora advierte que la inmunidad diplomática -el estatus que evita que los representantes extranjeros acreditados en un país sean procesados- no aplica en casos laborales. Ya hubo una condena, la Embajada del Líbano perdió una demanda entablada por una secretaria despedida después de 23 años de labores.
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