Hace 50 años en Marquetalia, una vereda del corregimiento de Gaitana, en el municipio de Planadas, Tolima (población que hasta hoy sufre el fuego cruzado producto del conflicto armado), nació la guerrilla de las Farc: ayer, hace cinco décadas exactas y bien contadas, el guerrillero Manuel Marulanda Vélez, su líder más representativo en la historia, les escribió a las autoridades que no toleraría más ataques militares en las zonas sobre las que ejercía dominio. La avanzada militar contra esas “repúblicas independientes” —bautizadas así por Álvaro Gómez Hurtado—, muy posiblemente por la desconexión y la falta de entendimiento hacia ellas, fue un desliz grande. Un flaco favor que hasta hoy pagamos.
Marulanda no toleró más ataques, en efecto, y por cuenta de su estrategia de autodefensas campesinas, en contra del muy pronunciado abandono del Estado central sobre estas poblaciones, él y su cuadrilla de bandoleros sumergieron a Colombia en un remolino devastador que hasta hoy sufrimos: la guerra entre Estado e insurgencia que ha hecho correr la sangre de millones de colombianos por los excesos inaceptables y bien sumados entre parte y parte.
El mucho daño que le han hecho las Farc a Colombia es imposible de cuantificar. Y si bien es explicable, que no justificable, su origen como guerrilla, hoy su existencia es un dolor de cabeza sin mayor sustento. Y como buen dolor de cabeza que es, no deja pensar a nadie. Nos encontramos aún sumidos en la adolescencia política. Nos encontramos aún metidos de cabeza entre dos discursos divisorios y ciegos. Nos encontramos aún pregonando el odio que la violencia alimentó. Nos encontramos aún en un conflicto que se chupa las finanzas y los intereses públicos.
Está el daño directo, por supuesto. El más evidente: las bombas contra poblaciones civiles, las masacres indiscriminadas, los secuestros masivos de ciudadanos inocentes, los desplazados espantados que no han encontrado un futuro mejor, los delitos del narcotráfico (otro monstruo de mil cabezas), los discursos incendiarios, el reclutamiento de niños, las minas antipersona sembradas por todo el territorio, los muertos y muertos y más muertos.
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