Desde entonces la identidad de los pueblos europeos quedó intrínsecamente ligada al Estado y las guerras entre estados que plagaron al Viejo Continente durante los siguientes 400 años hicieron parte de la consolidación del modelo social del Estado y de la identidad de sus ciudadanos.
Estados que en términos generales abarcaban pueblos con lenguaje y tradiciones comunes. Este mismo modelo del Estado nación que el colonialismo europeo impuso en África, Oriente Medio y Asia, con resultados desastrosos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, con la firma del tratado de Roma en 1957, Europa comenzó un nuevo proceso en su evolución social: la integración, que eventualmente daría origen a la Unión Europea, con sus múltiples instituciones, moneda única, Zona Schengen y otras varias. De los seis miembros originales, la Unión Europea (UE) se ha expandido a 28 países.
El Estado nación transfería poderes a Bruselas, capital de ese nuevo ente supranacional que poco a poco fue menoscabando la soberanía de los estados. El primer gran campanazo de que los pueblos de Europa no deseaban la integración total a costa de la disolución de su identidad nacional se dio con la derrota en 2004, en sendos referendos en Francia y Holanda, de la propuesta Constitución Europea.
La crisis económica que estalló con fuerza en el continente en 2008, que al sol de hoy no ve una clara salida, ha generado un desempleo histórico que en países como España, Grecia y Portugal se mantiene cercano al 30%, una generalizada sensación de desesperanza entre los jóvenes, un crecimiento de la desigualdad entre países ricos y pobres, unas draconianas medidas de austeridad y una significativa baja en el estándar de vida. A este explosivo coctel se suman millones de emigrantes de Asia y África que para amplios sectores de la población representan una amenaza a sus puestos de trabajo y a su identidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario